En su primer viaje a Latinoamérica, y de paso por Córdoba para recibir el título Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, Goodall dialogó con Hoy la Universidad y U-Diversidades. A continuación, la charla que mantuvo con los periodistas de ambos medios. Usted no sólo observó habilidades cognitivas en los chimpancés, sino también rasgos de personalidad, sentido del humor y emociones. ¿Cómo fueron receptados estos descubrimientos en la comunidad científica internacional? ¿Son materia de controversia? Inicialmente, cuando estuve un año y medio con los chimpancés, mi mentor Louis Leakey me advirtió que necesitaría un título para conseguir fondos. Me recomendó que aspirara directamente a un doctorado, porque no había tiempo para un curso de grado. Él arregló que fuese a la Universidad de Cambridge y fui la octava persona en la historia de esa institución en conseguir un doctorado sin título previo. Al llegar allí me dijeron que había hecho mal todos mis estudios. Fue una sorpresa muy grande. Señalaban que hubiera sido más científico darle números a los chimpancés, en vez de concederles nombre. No se debía describir personalidades, mentes o emociones, porque en aquella época se pensaba que estos atributos eran exclusivos de la especie humana. Y me acusaron de un terrible antropomorfismo (atribuir comportamientos humanos a seres no humanos). En aquel entonces, recordé a un docente de mi infancia, quien me había enseñado que todos los animales tenían su propia personalidad. Ese maestro fue mi perro Rusty. Gradualmente, la comunidad científica internacional llegó a entender que no existe una línea divisoria nítida entre los seres humanos y el resto del reino animal. Pero llevó mucho tiempo, y aún hoy existe resistencia de parte de algunos científicos. Quienes no están dispuestos a admitir que los animales tienen características de personalidad y sentimientos son aquellos que de alguna forma están involucrados en investigaciones invasivas. Y no sólo se trata de científicos, sino de mucha otra gente. Todos los días existen muchísimos casos de abuso que involucran animales en todo el mundo, como la cría intensiva como fuente de comida, su uso en entretenimiento, la caza deportiva, y una lista muy extensa que uno podría citar. El hombre y los chimpancés comparten el 96 por ciento del ADN y un antepasado común hace siete millones de años. A partir de sus estudios, se sabe que estos primates están cerca de los humanos no sólo biológica, sino también socialmente. ¿Cuáles son las implicancias de estos descubrimientos, no sólo a nivel científico, sino moral y ético?
Los últimos trabajos sobre ADN indican que hay una semejanza de más del 98 por ciento. Se puede recibir sangre de un chimpancé y ellos pueden infectarse con todas nuestras enfermedades contagiosas, pero lo más interesante es que el cerebro de los chimpancés y los seres humanos son casi idénticos, aunque el de estos primates es un poco más chico. Lo que me ha fascinado son los ejemplos de comportamiento inteligente de estos simios, tanto en la vida silvestre como en cautiverio. Pienso que los chimpancés evidencian diferencias culturales primitivas, porque su uso de herramientas varía según su zona. Es bastante obvio que los jóvenes chimpancés aprenden observando a los mayores y ésta es una de las definiciones del aprendizaje cultural, aquel que pasa de generación en generación. Demuestran un montón de comportamientos intelectuales que antes creíamos exclusivos de la especie humana. Todo esto nos ayuda entender que los seres humanos no estamos separados del reino animal, sino que formamos parte de él. No somos los únicos seres con personalidad, mente y emociones. Cuando uno comprende que no existe una gran distinción entre los humanos y el resto de los animales comienza a dimensionar la poca ética que hay en nuestro comportamiento. La gran tragedia es que tampoco somos muy éticos en nuestro comportamiento con otros seres humanos. El proyecto gran simio (Great Ape Project) plantea incluir a los antropoides no humanos en una comunidad de iguales, es decir, concederles una protección moral y legal similar a la que gozan los hombres. ¿Esta extensión de derechos sólo a los primates, no sería otra forma de antropocentrismo? No se trata de extender todos los derechos humanos a los grandes simios, sino algunos básicos. En particular, el derecho a la libertad sin límites y el derecho a una vida sin torturas, entre otros, pero son muy específicos. Por otra parte, pese a que hemos firmado una carta de derechos humanos, todavía siguen ocurriendo abusos de ellos diariamente en todo el mundo. Aunque una carta de derechos podría ser útil para los animales, mi intención es tocar la responsabilidad humana en cuanto a todos los derechos humanos y extenderlos a otros animales. Usted atesora cuatro décadas de investigación en Gombe, ¿cómo recuerda su primera experiencia de observación de chimpancés en su hábitat natural?
Mi principal problema al llegar a Gombe fue que los chimpancés son muy conservadores y nunca habían visto un mono blanco antes, entonces desaparecían dentro de la selva. El mayor obstáculo en esos primeros días fue vencer ese temor y adueñarse de su confianza. Y esto se logra a través de la paciencia y la perseverancia, trabajando todos los días en el campo. Ni bien amanece, estar allí y permanecer hasta la noche. Y escribir todas las observaciones, porque nunca se sabe qué puede resultar útil a la larga. Cuando fui a la Universidad de Cambridge, mis supervisores me sugerían que me enfocara en un comportamiento en particular. En ese momento esto resultaba ridículo porque se sabía muy poco sobre el comportamiento de los chimpancés. El comportamiento específico ocurre dentro de un contexto y si uno no comprende el contexto, entonces es imposible llegar a conclusiones al respecto. |